César González de las Heras
Milán —
09 / mar / 2010
Cuando Franco Moschino lanzaba a una modelo a la pasarela y la transformaba en una semidiosa, o cuando convertía a una musa fea del cómic en una diosa y le cosía a sus chaquetas los precios por encima; cuando, en definitiva, había un espíritu enriquecedor que inspiraba vida y expiraba moda, entonces realmente pensabas que había algo más allá de la moda por la moda, que había algo que traspasaba la retina y se quedaba alojado en el interior del cerebro.
Ahora, mucho tiempo después de Franco (el italiano), sólo queda la fachada de una casa que no se supo aprovechar de sí misma, que no se supo retroalimentar para crecer mas fuerte, que en cambio solo pretendió sacar provecho de la ropa por la ropa, de anular la intencionalidad y los segundos perfiles que se escondían tras cada desfile para implantar la férrea dictadura del marketing y del negocio por el negocio.
En un mundo lleno de desfiles como el último visto en Milán donde los cowboys se tiñen de luto y volantes con algunos tintes dorados, pero que resuelven una silueta repetida hasta la saciedad bajo un guión un poco abstracto, alguien podría decidir que una casa como ésta necesita o resurgir de sus cenizas aún calientes para ponerse en el lugar que en su momento tuvo o echar el telón mojado y pesado, quizá algo cruel, pero a veces necesario, antes de caer en el aburrimiento más absurdo.
09 / mar / 2010