Jesús Mª Montes-Fernández
ParÃs —
05 / mar / 2010
Ni blanco ni negro. El bicolor por antonomasia de Chanel se ha esfumado en esta colección de un plumazo -por ejemplo, el de los 'plumettis' jugueteando en las chaquetas de las maniquíes que desfilan con gracia y mucho gusto en el Pavillon Cambon-Capucines, quince números más arriba del edificio donde vivió Cocó Chanel. Y el gusto exquisito se mantiene en estas 66 salidas de auténtica alta costura en un abanico de colores pastel.
El estilismo de las maniquíes, impoluto, como cabía esperar: en esta ocasión peinadas como la británica Daphne Guinness, ex mujer de Niarchos y dama de la 'jet set' internacional, adicta a la alta costura y coleccionista de pintura contemporánea. Para las próximas temporadas, la moda rechaza toda dieta y se deja endulzar por una invasión de tonos golosina: amarillo pálido, rosa palo, naranja difuso, azul agua, verde manzana o gris hielo se cocinan aquí en bocados maravillosos.
La colección, a pesar de ser a buen seguro la más larga de cuantas se presenten esta semana, se ve en un flash y se digiere con gusto porque todo sienta bien. Aunque muchos de los trabajos están adornados con apliques argenta y los destellos metalizados se repiten con un brillo de exquisitez, las piezas aparecen leves, ligeras, como si no pesasen nada. Peso pluma para los vestidos de punto de seda y para los concebidos para las noches de satén, piezas rectas, longuilíneas, poderosas, que se llevan en un suspiro. El colmo del lujo.
05 / mar / 2010