Andrés Sardá


Madrid — 22 / feb / 2010

Onirismo. Caleidoscopio. Reinterpretación de lo mítico. Un país de maravillas en estado puro. Son conceptos con los que el equipo de Andrés Sardá ha levantado una colección capaz de devolver la vida a un clásico y de despertar del letargo del fin de semana a la prensa especializada. Y es que un desfile de moda no es una sucesión de prendas portadas por modelos sino una actitud bien orquestada a la hora de llevarlas, un estilismo cuidado y una escenografía coincidente, claves de una teatralidad que la gente de Sardá domina a la perfección.

Como si de la promesa a un mundo fantástico se tratara, una mirilla corona la pasarela. El repicar de unas campanadas desde un reloj de gran envergadura da comienzo al show con una Alicia en organza azul mucho más estilizada que la de Carroll pero igual de fascinante. A partir de esa entrada fluye un torrencial derroche creativo: capas largas, prendas de organza pintadas a mano por Marcela Gutiérrez, flores en colores pastel, un sombrerero loco en marrón chocolate o los naipes de la baraja reinterpretados en piezas lenceras.

Para cerrar, un body de cascabeles atrae todas las miradas de la sala seguido de una reina de corazones con miriñaque dorado. La colección tampoco descuida en ningún momento los tejidos, colores y técnicas propias de la corsetería más clásica, con buenos acabados e idéntico resultado. Los cuentos terminan con una moraleja y quizá la de éste sea tan simple como contundente: lo comercial y lo asequible no está reñido con un buen resultado artístico y una puesta en escena imponente; en definitiva, la moda es espectáculo.

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